sábado, 28 de enero de 2012

Un oficio ¿extraño o escalofriante?

La venta de un disco de freno para el Kia Picanto era la distracción perfecta. Yo con ansias esperaba la llegada de un cliente que tuviera una necesidad de esa índole. Pues de antemano sabía que papá tenía que comparar la pieza nueva con la que iba a ser desechada. Siempre un repuesto de ese tipo toma más de diez minutos. El calibrador es necesario para que papá compare el diámetro interno donde tiene que encajar el rodamiento, luego, por precaución, ratifica el modelo del automóvil y, finalmente, ofrece varias marcas al interesado.

Eran las tres de la tarde, todo estaba cuidadosamente planeado. Para cuando papá recibiera el dinero de la venta realizada yo tendría que estar en camino. Y así fue. Tomé las llaves de la moto, sin hacer ruido salí y empecé a alejarme sin que lo notaran. No busqué en mi casa el casco y el chaleco reflector para no llamar la atención de mamá. Yo sabía que no había otra manera de hacerlo. Gamarra está a dieciocho kilómetros de mi pueblo y yo soy una mala ciudadana que transita en un vehículo sin tener permiso de conducción. El retén de la policía de carreteras, en el kilómetro dos, se realiza diariamente a medio día y a las seis de la tarde. Contaba únicamente con tres horas para llegar a aquella casa de tapia y bareque a la orilla del Magdalena, entrevistar a doña Sixta y volver a mi casa.

Anhelé ese día con tantas fuerzas, pero también, a medida que se acercaba el momento, mi pecho se helaba de miedo y mi frecuencia cardíaca incrementaba. Esperé los días suficientes para que el agua del río abandonara las casas de aquel pueblo y las calles dejaran  de ser transitadas por canoas.

¡Pasé la zona crítica!

Si ningún oficial me había detenido hasta ese momento ya no lo haría nadie. Estaba en camino, el olor a aire puro y flores silvestres me lo decía. Inicialmente pensé en el riesgo que corría si algún conocido de la familia me veía por esa zona, pero después, mientras aceleraba a toda marcha, los recuerdos llegaron con la frescura y la sombra de las colosales ceibas que envejecieron en la orilla de la carretera. Recordé aquel relato de mi amigo Manuel en el que me contaba que doña Sixta había hecho un “arreglo” a un hombre muy peligroso, pues su esposa sabía que su cónyuge le era infiel y necesitaba que este sufriera de disfunción eréctil con cualquier otra mujer que no fuera ella. Me sorprendió escuchar que así fue, aquel don Juan fue atacado por donde más le dolía.

De pronto, la sensación de ira quebró el curso de mis recuerdos, había llegado a un tramo que hace que sus transeúntes maldigan el infausto artificio del gobierno de la región.  ¡Polvo, polvo y más polvo! Mis ojos lloraban y una gran nube café camuflaba cualquier vehículo que transitara dicha trocha. Sin embargo, aquel velo me favorecía, porque pasaba inadvertida. Aceleré aún más, ya que si mantenía una velocidad baja los nudos de arena me robaban el equilibrio. Eran las tres y veinte de la tarde, papá hizo dos ventas más.

En mi mochila llevaba una grabadora de audio, un lápiz y un cuaderno para tomar apunte de cualquier detalle importante que doña Sixta me contara de su extraña profesión. Me imaginaba su ancestral refugio repleto de plantas aromáticas, imágenes de santos y brebajes verdosos. Mi figuración estaba dándole una identidad a una casa a la que jamás había ingresado antes, adhería con facilidad cada detalle que pudiera tener la vivienda de una persona como doña Sixta. Entonces, pensé de nuevo en la pobre mujer que tuvo que huir para que su homicida esposo no le arrebatara la vida después de haberse enterado del pequeño “arreglo” que le habían hecho.

No me cabía en la cabeza otra expresión que la de: ¡terrible!... Terrible que una mujer le haga un hecho tan atroz a su esposo, terrible que existan personas que realicen ese tipo de fechorías y, además, se lucren de ello. Peor aún que un hombre arremeta de esa manera contra su pareja. No sabía cuál de los tres actos era el más sombrío.

La nube se fue disipando, mientras tanto mi celular, escondido en una maleta debajo de mi cama, registraba una llamada perdida de papá.

De nuevo en el asfalto pude ver un letrero que decía: “Bienvenidos a Gamarra. Primer puerto multimodal y turístico del Cesar sobre el río Magdalena”. El olor a pescado impregnado en las calles era un recuerdo del agasajo que se vive en los días de inundación. Antes de que el agua entre a las casas, las personas levantan columnas de ladrillos y en la parte superior ubican unos tablones, como anaqueles, para poner a salvo todos sus electrodomésticos. Luego se mudan con lo esencial a la zona alta del pueblo, donde van a dar los parlantes, las mesas de billar y las canastas de cerveza. ¡Todo un festín! Como paseo de olla pero con cama incluida.

El moho en las paredes señalaba que el agua alcanzó poco más de un metro dentro de las casas. Los andenes exhalaban un olor a putrefacto y, con la mirada distante, un hombre longevo daba la sensación de paz sentado en su mecedora momposina.

Me estaba acercando. En cinco minutos llegaría al puerto, y en diez a la casa de doña Sixta. ¡Doña Sixta! Ahora que me acuerdo ella también atendió a una pobre joven que sufría de ataques cada vez que la llevaban a la iglesia. Dicen las malas lenguas que la desgraciada veía demonios y espíritus en la casa del Señor. Sentí miedo. Además de escaparme en la moto, iba a ver una bruja respetada y temida en el sur del Cesar y sur de Bolívar. Entonces, vi el imponente río Magdalena, es hermoso y completamente abrumador. Sin embargo, mi piel se erizó cundo supe que estaba a punto de verme con doña Sixta.

Parqueé la moto lejos de su casa para evitar sospechas. Empecé a caminar y mi cuerpo estaba reaccionando físicamente ante el sentimiento de miedo, pues mis manos sudaban. Toqué tres veces a la puerta de madera y, en efecto, sus ojos mostraban la lobreguez que tanto imaginé. Su piel, rasgada por los años y teñida por el sol, escondía secretos del ayer. ¡El momento había llegado! Entonces pensé: la entrevistaré en el menor tiempo posible y correré de vuelta a mi pueblo. Así pues, cuando terminé de contarle el motivo de mi visita, guardó un largo silencio, miró fijamente mis  ojos, sacó el tabaco de su boca y de una gran nube de humo brotó su rotundo NO.

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