domingo, 4 de marzo de 2012
domingo, 26 de febrero de 2012
O trabajo o no como y, quizás, jamás me educo
El domingo 25 de mayo de 1980 murió, en Viterbo Caldas, don Manuel de Jesús Muriel. Desde ese día, María Elena supo que la muerte de su padre le cambiaría por completo la vida. Con solo 16 años de edad María Elena, la Nena, pasó a un mundo que era enteramente ajeno al suyo.
El nuevo comienzo llevó a la Nena, a su madre y a sus tres hermanos mayores a emprender un viaje largo y agotador hacia una tierra distinta. Fueron cinco días de viaje en el camión de su difunto padre, con las pocas y humildes pertenencias de su familia; cinco días en carretera que le fueron arrebatando poco a poco sus mañanas de juego en los cafetales, las carreras a pie descalzo con sus amigos, la inocencia y el deleite de la infancia. El 16 de febrero de 1981, la Nena entró a la que en adelante sería su casa y sintió por primera vez la ardiente temperatura de aquel acogedor pueblo. Sería entonces en Aguachica Cesar donde desaparecería la incertidumbre y el futuro incierto que deja la ausencia de un padre.
Arreglado todo antes de su llegada, ya Nena pertenecía al cuerpo estudiantil del colegio José María Camposerrano. Toda una nueva experiencia la esperaba en aquel desconocido plantel educativo. Su acento y su extrovertida forma de ser inmediatamente llamaron la atención de todos sus compañeros. Entonces, empezaron a enlistarse pretendientes, que querían estar con la chica paisa de cabello oscuro, largo y liso. Sin embargo, desde un principio la Nena no perdió tiempo con los tantos interesados, pues un chico moreno, robusto y humilde atrapó por completo su atención.
Con apenas diecisiete años de edad y en tercero de bachillerato, aquella joven lozana inició la prestación de servicio social, experiencia que la conduciría a su primer empleo. Así pues, a Nena le correspondió realizar el proceso de alfabetización con reclusos del establecimiento carcelario del pueblo. Entre almas oscuras, solitarias y desprovistas de ganas de vivir, Nena conoció a don José Ochoa, un hombre analfabeta de cincuenta años, quien fue su primer alumno, su primer pupilo y, con el tiempo, un gran amigo.
Nena visitaba a don José, no solo para enseñarle a leer y escribir, sino también para llevarle comida, cigarros y un poco de compañía. Un día, en medio de una charla, su longevo amigo quiso tener un gesto de agradecimiento con ella. Fue entonces, cuando don José le comentó que su prima Luz Marina, maestra en el colegio San Miguel, se encontraba embarazada y necesitaba a alguien que la remplazara durante el tiempo que permaneciera en dieta. A Nena le alegró la noticia, pues en ese momento un empleo sería de gran ayuda al mal estado económico de su familia.
Ya sea por el destino o por mera suerte, hoy la Nena agradece a Dios que en aquel tiempo no se exigiera una profesión o un cartón que certificara la competencia del maestro de las escuelas, pues, tan solo con la experiencia de alfabetización en la cárcel le dieron el empleo. De este modo, a sus diecisiete años, la Nena empezó un nuevo ciclo como maestra de niños de primaria. Le fue tan bien con sus pequeños aprendices, que no solo permaneció dictando clase durante el tiempo de dieta de la maestra Luz Marina, sino que al siguiente año fue contratada como maestra planta de la institución. Así pues, entre su sueldo formal y trabajos extras, como cubrir turnos de otros maestros y hacer carteleras para los niños de quinto grado, ganaba cuarenta mil pesos mensuales. Un excelente sueldo para una joven de su edad en la década del ochenta. De seis de la mañana a doce del mediodía Nena se sentaba en los pupitres a recibir sus clases, y de una y media a cinco de la tarde pasaba al podio a dirigirlas.
Ya con dieciocho años y en cuarto de bachillerato, Nena era una estudiante que trabajaba formalmente para mantenerse y mantener a su madre. Con un arduo trabajo se dio a conocer entre la esfera social de maestros, ganó mucha experiencia y adquirió un considerable conocimiento en esa labor de educadora.
- En esa época- dice la Nena- era muy pesado para los profesores, porque nos asignaban un curso al que teníamos que dictarles todas las materias. Pero a mí me gustaba mucho porque, como yo era joven, no solo les dictaba las clases sino que me hacía llavería de ellos y me la pasaba gaminiando en los recreos jugando fútbol.
Entonces entre las clases y los juegos, la acogida que Nena tuvo con sus alumnos, se le presentó otra oferta de trabajo como maestra. Esta vez la necesitaban en una escuela nocturna para adultos y ella, sin dudarlo si quiera, aceptó. Así fue como durante dos años, de siete a diez de la noche, la Nena enseñó a leer y a escribir a personas que le doblaban su edad. A pesar de la intensidad horaria y el cansancio que genera una jornada de seis horas de estudio y siete horas de trabajo, la Nena enfrentó esa dura situación para no pasar necesidades.
Entre risas y gestos de arrepentimiento, Nena me cuenta que la escasez de tiempo para cumplir con los deberes de su estudio la llevaron a la trampa. Recurrió, durante tres años, a la copia para, al menos, alcanzar las notas promedio y ganar las materias. Sin embargo, en sí no se nota ningún sentimiento de arrepentimiento, todos los años dedicados al trabajo son para ella un orgullo que hoy le permite decir con tranquilidad que no soportó hambre y que, humilde y honestamente, consiguió lo que necesitaba.
Ya en 1983, esta emprendedora mujer decidió renunciar a las clases nocturnas para iniciar un curso de mecanografía y contabilidad en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Ese mismo años Lucy, una de sus hermanas mayores, había abierto un salón de belleza, en el que Nena aprovechó, en sus tiempo libres, para hacer turnos y ganar dinero extra. Con los trucos de estilismo aprendidos en el negocio de su hermana, Nena le hacía servicio a domicilio a una pareja de novios perteneciente a una de las familias más influyentes del pueblo, para cortarle el cabello y arreglarle las uñas.
-Gracias a esa barbachita- dice la Nena- yo me ganaba cinco mil pesitos con los que me compraba los objetos de aseo personal.
Y si es de hablar de rebusque, como no bastaba un empleo como maestra y el servicio a domicilio como estilista, los sábados en la tarde, la Nena lavaba a mano un promedio de treinta camisas y veinte pantalones a un primo de su novio. Entre los quince mil pesos de pago se incluían materiales para el colegio como colores, cartulinas, cuadernos, entre otros. Poco a poco sus oficios varios le solventaban cada una de sus necesidades. Y le Nena, para tener tiempo con sus amigos y ganar el permiso de su mamá para salir con su novio, los fines de semana se levantaba a las cuatro de la mañana para preparar las clases que iba a dictar la semana siguiente, hacer sus tareas del colegio y asear la casa.
Tres años trabajando y estudiando, probaron la verraquera de Nena, la convirtieron en una luchadora, en una más de las jóvenes colombianas que tienen que sacrificar etapas de su mocedad para salir adelante, para educarse y crecer como personas integrales que aspiran a un mejor futuro. Nena llama el haber recibido el diploma de bachiller uno de los logros más grandes de su vida. Pues lamentablemente, para acudir a una universidad no era suficiente lo que recibía por sus trabajos, que además, no le dejaban tiempo para estudiar.
Hoy, la Nena tiene cuarenta y siete años; es esposa de aquel joven moreno, robusto y humilde del que se enamoró; tiene dos hijos que no tuvieron que pasar por su situación, y está completamente feliz de tener una familia en la que no falta el padre y no pasa por duras situaciones.
lunes, 13 de febrero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Un oficio ¿extraño o escalofriante?
La venta de un disco de freno para el Kia Picanto era la distracción perfecta. Yo con ansias esperaba la llegada de un cliente que tuviera una necesidad de esa índole. Pues de antemano sabía que papá tenía que comparar la pieza nueva con la que iba a ser desechada. Siempre un repuesto de ese tipo toma más de diez minutos. El calibrador es necesario para que papá compare el diámetro interno donde tiene que encajar el rodamiento, luego, por precaución, ratifica el modelo del automóvil y, finalmente, ofrece varias marcas al interesado.
Eran las tres de la tarde, todo estaba cuidadosamente planeado. Para cuando papá recibiera el dinero de la venta realizada yo tendría que estar en camino. Y así fue. Tomé las llaves de la moto, sin hacer ruido salí y empecé a alejarme sin que lo notaran. No busqué en mi casa el casco y el chaleco reflector para no llamar la atención de mamá. Yo sabía que no había otra manera de hacerlo. Gamarra está a dieciocho kilómetros de mi pueblo y yo soy una mala ciudadana que transita en un vehículo sin tener permiso de conducción. El retén de la policía de carreteras, en el kilómetro dos, se realiza diariamente a medio día y a las seis de la tarde. Contaba únicamente con tres horas para llegar a aquella casa de tapia y bareque a la orilla del Magdalena, entrevistar a doña Sixta y volver a mi casa.
Anhelé ese día con tantas fuerzas, pero también, a medida que se acercaba el momento, mi pecho se helaba de miedo y mi frecuencia cardíaca incrementaba. Esperé los días suficientes para que el agua del río abandonara las casas de aquel pueblo y las calles dejaran de ser transitadas por canoas.
¡Pasé la zona crítica!
Si ningún oficial me había detenido hasta ese momento ya no lo haría nadie. Estaba en camino, el olor a aire puro y flores silvestres me lo decía. Inicialmente pensé en el riesgo que corría si algún conocido de la familia me veía por esa zona, pero después, mientras aceleraba a toda marcha, los recuerdos llegaron con la frescura y la sombra de las colosales ceibas que envejecieron en la orilla de la carretera. Recordé aquel relato de mi amigo Manuel en el que me contaba que doña Sixta había hecho un “arreglo” a un hombre muy peligroso, pues su esposa sabía que su cónyuge le era infiel y necesitaba que este sufriera de disfunción eréctil con cualquier otra mujer que no fuera ella. Me sorprendió escuchar que así fue, aquel don Juan fue atacado por donde más le dolía.
De pronto, la sensación de ira quebró el curso de mis recuerdos, había llegado a un tramo que hace que sus transeúntes maldigan el infausto artificio del gobierno de la región. ¡Polvo, polvo y más polvo! Mis ojos lloraban y una gran nube café camuflaba cualquier vehículo que transitara dicha trocha. Sin embargo, aquel velo me favorecía, porque pasaba inadvertida. Aceleré aún más, ya que si mantenía una velocidad baja los nudos de arena me robaban el equilibrio. Eran las tres y veinte de la tarde, papá hizo dos ventas más.
En mi mochila llevaba una grabadora de audio, un lápiz y un cuaderno para tomar apunte de cualquier detalle importante que doña Sixta me contara de su extraña profesión. Me imaginaba su ancestral refugio repleto de plantas aromáticas, imágenes de santos y brebajes verdosos. Mi figuración estaba dándole una identidad a una casa a la que jamás había ingresado antes, adhería con facilidad cada detalle que pudiera tener la vivienda de una persona como doña Sixta. Entonces, pensé de nuevo en la pobre mujer que tuvo que huir para que su homicida esposo no le arrebatara la vida después de haberse enterado del pequeño “arreglo” que le habían hecho.
No me cabía en la cabeza otra expresión que la de: ¡terrible!... Terrible que una mujer le haga un hecho tan atroz a su esposo, terrible que existan personas que realicen ese tipo de fechorías y, además, se lucren de ello. Peor aún que un hombre arremeta de esa manera contra su pareja. No sabía cuál de los tres actos era el más sombrío.
La nube se fue disipando, mientras tanto mi celular, escondido en una maleta debajo de mi cama, registraba una llamada perdida de papá.
De nuevo en el asfalto pude ver un letrero que decía: “Bienvenidos a Gamarra. Primer puerto multimodal y turístico del Cesar sobre el río Magdalena”. El olor a pescado impregnado en las calles era un recuerdo del agasajo que se vive en los días de inundación. Antes de que el agua entre a las casas, las personas levantan columnas de ladrillos y en la parte superior ubican unos tablones, como anaqueles, para poner a salvo todos sus electrodomésticos. Luego se mudan con lo esencial a la zona alta del pueblo, donde van a dar los parlantes, las mesas de billar y las canastas de cerveza. ¡Todo un festín! Como paseo de olla pero con cama incluida.
El moho en las paredes señalaba que el agua alcanzó poco más de un metro dentro de las casas. Los andenes exhalaban un olor a putrefacto y, con la mirada distante, un hombre longevo daba la sensación de paz sentado en su mecedora momposina.
Me estaba acercando. En cinco minutos llegaría al puerto, y en diez a la casa de doña Sixta. ¡Doña Sixta! Ahora que me acuerdo ella también atendió a una pobre joven que sufría de ataques cada vez que la llevaban a la iglesia. Dicen las malas lenguas que la desgraciada veía demonios y espíritus en la casa del Señor. Sentí miedo. Además de escaparme en la moto, iba a ver una bruja respetada y temida en el sur del Cesar y sur de Bolívar. Entonces, vi el imponente río Magdalena, es hermoso y completamente abrumador. Sin embargo, mi piel se erizó cundo supe que estaba a punto de verme con doña Sixta.
Parqueé la moto lejos de su casa para evitar sospechas. Empecé a caminar y mi cuerpo estaba reaccionando físicamente ante el sentimiento de miedo, pues mis manos sudaban. Toqué tres veces a la puerta de madera y, en efecto, sus ojos mostraban la lobreguez que tanto imaginé. Su piel, rasgada por los años y teñida por el sol, escondía secretos del ayer. ¡El momento había llegado! Entonces pensé: la entrevistaré en el menor tiempo posible y correré de vuelta a mi pueblo. Así pues, cuando terminé de contarle el motivo de mi visita, guardó un largo silencio, miró fijamente mis ojos, sacó el tabaco de su boca y de una gran nube de humo brotó su rotundo NO.
lunes, 3 de octubre de 2011
La ruta
En medio de mi mundo de sueños una sensación de agobio interrumpe las extraordinarias construcciones oníricas. Sean terroríficas, angustiantes, abrumadoras o simplemente maravillosas y perfectas, todas caen ante mi insistente y pertinaz alarma interior. Y digo alarma interior, porque justo antes de que suene el despertador mi mente deja de soñar, detiene todos sus proyectos o maquinaciones para cederle el turno a la realidad, para regresar al mundo de los vivos, al mundo de los deberes y de los compromisos.
Una vez despierta, acaricio por última vez mi suave lecho, mientras que con un estirón expulso la envolvente y pesada pereza. El reloj sigue su camino y deja tras sus pasos memorias, rutinas, acciones, recuerdos y sueños, que desde el ahora serán parte del pasado. Yo, por el contrario, camino al ritmo de las manecillas del reloj, pues todavía considero que me falta mucho para abandonar la marcha incesante del tiempo.
Suena la alarma, la verdadera, la del mundo de aquí, la creada por el hombre y mi mente aterriza completamente en la habitación, mi pequeño espacio, mi caja de secretos y refugio de mi otro yo. El yo que le gusta estar a solas y escuchar las sentencias y discursos del pensamiento, las lecturas de mundos fantásticos escondidos tras los libros y las melodías que brotan de las cuerdas de mi guitarra. Pero no es momento de mi otro yo, es momento de que Mariel se apresure a darse una ducha porque, si permite que pase un minuto más, es muy probable que otro inquilino, de la casa de arriendo para estudiantes, tome el baño y salga justo cuando ya definitivamente no se puede hacer nada para llegar a clase a tiempo.
Agarro la toalla, el jabón, el champú, el cepillo de dientes y las sandalias de baño, y mientras lo hago mi mente está en casa, con mis papás, en mi pueblo, en mi hogar. Todas las mañanas inevitablemente la tristeza visita mi alma y evoca la calidez de los míos, pero de inmediato vuelvo al ahora y dejo que el agua revitalice mi cuerpo y me dé el empujoncito que siempre me introduce en el mundo de los compromisos, en el mundo de la lucha, en el mundo que se convierte en rutina.
Ya bañada y lista para caminar los 15 minutos que dura el recorrido de la casa a la universidad, desconecto todos los cables de mi cuarto, aseguro las cosas de valor, apago la luz y miro por última vez mi pequeño espacio. Echo seguro a la puerta, porque la soledad, los extraños y las malas jugadas de la vida, que ahora son recuerdos y enseñanza, me obligan a estar prevenida hasta del viento. Salgo de la casa y respiro profundo el aire fresco de la mañana, que es como el desayuno del alma y la fuerza para el corazón. Entonces, empieza mi caminata, a un ritmo apresurado, porque no soporto la tardanza ni en mis pasos, ni en la llegada a clases.
Durante el recorrido, el vigilante del barrio me dice: ¡buenos días vecina! Y yo, que adopté desde hace algún tiempo el “vecino” o “vecina” del santandereano, respondo: ¡Muy buenos días vecino! La carrera treinta con el tráfico vehicular de costumbre, parece una pista de carrera de estudiantes, de trabajadores, de buses y más buses. Pero lo que sin duda alguna no puedo evitar de mirar es a los hombres tirados en el suelo, abrigados por la calle y pedazos de cartón. Jamás va a dejar de impactarme esta escena todos los días. Yo vine a saber de la indigencia, a ver la indigencia en esta ciudad atiborrada de gente, ruido, algo de caos, vandalismo y contaminación. Cosa que jamás había visto en mi pequeño y caluroso pueblo.
Una vez llego a la redoma del estadio Alfonso López, acelero aún más el paso, pues extrañamente en esta ciudad la seguridad cambia de manera abismal de una calle a otra. Solo me siento más tranquila cuando choco con las paredes del Colegio Tecnológico y veo muchísimos niños y jóvenes bajándose de la buseta escolar o del carro de sus padres o del famoso “carro e’ Nando”. Con ellos aparecen los grandes grupos de estudiantes universitarios que se bajan del Metrolínea y parecen una manada de salmones en su recorrido río arriba. Todos con la misma prisa y paso ligero, porque entrar a la U ahora es un caos, que seguramente quita uno o dos minutos del tiempo programado para el recorrido casa-universidad. Ya adentro del claustro aparecen las caras conocidas y los saludos como: ¡Hola Mayecita!, ¡Mayé!, o simplemente ¡buenos días!, saludos quizá más cálidos que los de los “vecinos”, pues oigo mi nombre y eso me da un sentimiento de tibieza y seguridad. Pues en mi tierra, como todo pueblo pequeño, sabemos hasta el nombre del loro de la señora de al lado.
domingo, 2 de octubre de 2011
Fotografías en blanco y negro
Esta pequeña producción de fotografía en blanco y negro fue basada, de manera humilde y sencilla, en la excelente fotografía del español Chema Madoz, Premio Nacional de Fotografía del año 2000.
Fotografías de: Mariel Bacca
Fotografías de: Mariel Bacca
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


















